La historia de Villa Ana 1928: de residencia privada a mansión restaurada en Casco Antiguo, Panamá
Una casa de finales del siglo XIX, la memoria de Ana Mercedes Arias Icaza y la restauración que devolvió a la vida pública una de las grandes residencias de San Felipe.
Hoy conocida como Villa Ana 1928, la casa frente a Plaza de la Independencia fue construida a finales del siglo XIX y tomó su forma más reconocible durante la década de 1920. Su restauración conservó la escala y la memoria social de una residencia privada, al tiempo que reabrió el edificio como una de las direcciones históricas más singulares del Casco Antiguo.
A pocos pasos del antiguo convento jesuita, el Casco cambia de tono. La masa más pesada de muros conventuales y arcos coloniales dan paso al borde de Plaza de la Independencia, donde Villa Ana destaca como una mansión llena de historia. La residencia fue construida a finales del siglo XIX y transformada durante la década de 1920, cuando Panamá entraba en otra fase de vida urbana e internacional después del canal. La casa pertenece a ese momento, formando parte de una ciudad que empezaba a mirar hacia afuera, a absorber nuevas influencias y a convertir sus interiores privados en espacios de intercambio social.
Villa Ana quedó estrechamente ligada a la familia Arias y, sobre todo, a Ana Mercedes Arias Icaza, su última residente. En los materiales de base de la casa, ella no aparece como una anécdota decorativa, sino como la figura que le da centro al lugar. Viajaba con frecuencia, mantenía una relación cercana con el arte y la vida cultural, y se movía dentro de ese mundo cosmopolita que marcó a Panamá en las primeras décadas del siglo XX. La casa respondía a esa vida. Sus salones amplios, balcones, terrazas y acabados importados estaban hechos para recibir gente, alargar las noches y poner la vida doméstica en contacto directo con la plaza.
Como muchas casas de San Felipe, Villa Ana no llegó intacta de un siglo al otro. A medida que el barrio perdió vida residencial y muchas propiedades históricas entraron en deterioro, el edificio también pasó por ese desgaste. Su recuperación trató la casa como una estructura existente, con una memoria física que valía la pena conservar. Se restauraron balcones, pisos, molduras y, cuando fue posible, gran parte de la disposición interior, mientras la mansión asumía una nueva vida pública. Hoy, el comedor se despliega en cuatro salones temáticos: French Deco, Indochino, Japonés y Chino. Esta mansión también incluye El Ático (Speakeasy), una galería para eventos privados, además de un Rum & Cigar Bar. Aun así, el principal argumento sigue estando en el edificio.
“No entras a Villa Ana como un visitante más, sino como alguien que llega a conocer su historia.”
Lo que vuelve interesante a Villa Ana no es la nostalgia por los años veinte. Es que la casa sigue leyéndose como casa. La escala permanece doméstica. Los espacios se abren unos a otros con el ritmo de una residencia privada, no con la lógica de un lugar concebido desde el inicio para la hospitalidad. Incluso después de la restauración, siguen presentes las escaleras, los descansos, los umbrales y la secuencia medida de ambientes que antes pertenecieron a la vida familiar y hoy pertenecen a otro tipo de estilo.
El proyecto no borró la vida anterior de la casa para volverla más fácil de presentar. Le devolvió vida social por otras vías. Los celulares quedan fuera de la experiencia en toda la propiedad, con la intención de crear una atmósfera más íntima, más pausada y apartada de los hábitos de la tecnología contemporánea. La galería prolonga esa vida pública a través de eventos privados, mientras el bar y los niveles superiores abren la casa a nuevas experiencias sin perder de vista que todo empezó como una dirección privada. El resultado no se siente como una fantasía de época. Se siente como una mansión restaurada que todavía conserva la memoria de cómo fue habitada.
Villa Ana registra un capítulo posterior de Panamá al de las ruinas conventuales que quedan unas calles más allá. Pertenece a los años en que la ciudad se abría a influencias externas y en que los interiores domésticos empezaban a formar parte de una vida cultural más amplia. Desde aquí, la historia sale de la plaza y del Casco por completo. El siguiente capítulo sube a El Valle de Antón, donde el escenario cambia de memoria urbana a paisaje, arte y paz.






